OCÉANOS, GRANDIOSOS Y DESCONOCIDOS MUNDOS

En una ficción contada una y mil veces, Cristóbal Colón intenta convencer a los representantes de la Iglesia y a los reyes católicos de que la Tierra es redonda como una naranja y, para probarlo, solicitaba su apoyo para una expedición a las Indias. Esta escena viene de la imaginación y de la pluma del escritor estadounidense Washington Irving.



La verdad es que para la época de la expedición de Colón ya se sabía que la Tierra era redonda. Los filósofos griegos habían estimado la curvatura de la Tierra casi doscientos años antes del comienzo de nuestra era y su conocimiento había sobrevivido en las obras de los pensadores musulmanes, que durante siglos tradujeron, editaron y debatieron sus ideas.



Las representaciones de la Tierra redonda ya eran comunes en la Europa de la Edad Media, incluyendo la obra de Gerbert d'Aurillac, quien luego se convertiría en el papa Silvestre II, unos quinientos años antes de que Colón iniciara su viaje.



Lo que el expedicionario y sus contemporáneos ignoraban era la extensión de los mares que rodeaban el mundo conocido. Asia, África y Europa están conectados por tierra y en los tiempos de Colón el mundo conocido se limitaba a la extensión de las rutas terrestres y al mar cercano a las costas.